Mensaje en el encuentro ecuménico


25 de Enero de 1998

 

Libres como el Papa

 

En este señalado día, me es muy grato recibirlos a Ustedes, representantes del Consejo de Iglesias de Cuba y de diversas confesiones cristianas, acompañados de algunos exponentes de la comunidad judía, que participa en el mismo Consejo como observadora. Los saludo a todos con gran afecto y les aseguro la alegría que me produce este encuentro con quienes compartimos la fe en el Dios vivo y verdadero. El ambiente propicio nos hace decir desde el principio: "Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos" (Sal 132,1).

He venido a este País como mensajero de la esperanza y de la verdad, para dar aliento y confirmar en la fe a los Pastores y fieles de las diversas diócesis de esta Nación (cf. Lc 22,32), pero he deseado también que mi saludo llegara a todos los cubanos, como signo concreto del amor infinito de Dios para con todos los hombres. En esta visita a Cuba -como acostumbro a hacer en mis viajes apostólicos- no podía faltar este encuentro con Ustedes, para compartir los afanes por la restauración de la unidad entre todos los cristianos y estrechar la colaboración para el progreso integral del pueblo cubano teniendo en cuenta los valores espirituales y trascendentes de la fe. Esto es posible gracias a la común esperanza en las promesas de salvación que Dios nos ha hecho y manifestado en Cristo Jesús, Salvador del género humano.

Hoy, fiesta de la conversión de San Pablo, el Apóstol Alcanzado por Cristo Jesús (Flp 3,12), que dedicó desde entonces sus energías a predicar el Evangelio a todas las naciones, termina la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que este año hemos celebrado bajo el lema "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad" (Rm 8, 26). Con esta iniciativa, que comenzó hace ya muchos años y que ha adquirido una creciente importancia, no sólo se pretende llamar la atención de todos los cristianos sobre el valor del movimiento ecuménico, sino también subrayar de manera práctica e inequívoca los pilares sobre los que han de fundarse todas sus actividades.

Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de reafirmar, en esta tierra sellada por la fe cristiana, el irrevocable compromiso de la Iglesia de no cejar en su aspiración a la plena unidad de los discípulos de Cristo, repitiendo constantemente con Él: APadre: que todos sean uno@ (Jn 17,21), y obedeciendo así a su voluntad. Esto no debe faltar en ningún rincón de la Iglesia, cualquiera que sea la situación sociológica en la que se encuentre. Es verdad que cada nación cuenta con su propia cultura e historia religiosa y que las actividades ecuménicas tienen, por eso, en los diversos lugares, características distintas y peculiares, pero por encima de todo es muy importante que las relaciones entre todos los que comparten su fe en Dios sean siempre fraternas. Ninguna contingencia histórica, ni condicionamiento ideológico o cultural deberían entorpecer esas relaciones, cuyo centro y fin ha de ser únicamente el servicio a la unidad querida por Jesucristo.

Somos conscientes de que el retorno a una comunión plena exige amor, valentía y esperanza, las cuales surgen de la oración perseverante, que es la fuente de todo compromiso verdaderamente inspirado por el Señor. Por medio de la oración se favorece la purificación de los corazones y la conversión interior, necesarias para reconocer la acción del Espíritu Santo como guía de las personas, de la Iglesia y de la historia, a la vez que se fomenta la concordia que transforma nuestras voluntades y las hace dóciles a sus inspiraciones. De este modo se cultiva también una fe cada vez más viva. Es el Espíritu quien ha guiado el movimiento ecuménico y al mismo Espíritu han de atribuirse los notables progresos alcanzados, superando aquellos tiempos en que las relaciones entre las comunidades estaban marcadas por una indiferencia mutua, que en algunos lugares derivaba incluso en abierta hostilidad.

La intensa dedicación a la causa de la unidad de todos los cristianos es uno de los signos de esperanza presentes en este final de siglo (cf. Tertio millennio adveniente, 46). Ello es aplicable también a los cristianos de Cuba, llamados no sólo a proseguir el diálogo con espíritu de respeto, sino a colaborar de mutuo acuerdo en proyectos comunes que ayuden a toda la población a progresar en la paz y crecer en los valores esenciales del Evangelio, que dignifican la persona humana y hacen más justa y solidaria la convivencia. Todos estamos llamados a mantener un cotidiano dialogo de la caridad que fructificará en el diálogo de la verdad, ofreciendo a la sociedad cubana la imagen auténtica de Cristo, y favoreciendo el conocimiento de su misión redentora por la salvación de todos los hombres.

Quiero dirigir también un saludo particular a la Comunidad judía aquí representada. Su presencia es prueba elocuente del diálogo fraterno orientado a un mejor conocimiento entre judíos y cristianos, que por parte de los católicos ha sido promovido por el Concilio Vaticano II y continúa difundiéndose cada vez más. Con Ustedes compartimos un patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras. Que Dios, Creador y Salvador, sostenga los esfuerzos que se emprenden para caminar juntos. Que alentados por la Palabra divina progresemos en el culto y en el amor ferviente a Él, y que ello se prolongue en una acción eficaz en favor de cada hombre.

Para concluir, quiero agradecerles su presencia en este encuentro, a la vez que pido a Dios que bendiga a cada uno de Ustedes y a sus Comunidades; que los guarde en sus caminos para anunciar su Nombre a los hermanos; les haga ver su rostro en medio de la sociedad a la cual sirven y les conceda la paz en todas sus actividades.

La Habana, 25 de enero de 1998, Fiesta de la Conversión de San Pablo.

 

Ioannes Paulus II

 

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