Rimas Dispersas

	                   I 

	¡Oh, mi vida que en la cumbre
	del Ajusco hogar buscó
	y tan fría se moría
	que en la cumbre halló calor!
	¡Oh los ojos de la virgen
	que me vieron una vez,
	y mi vida estremecida
	en la cumbre volvió a arder! 


	              II 

	Entró la niña en el bosque
	del brazo de su galán,
	y se oyó un beso, otro beso,
	y no se oyó nada más.
	Una hora en el bosque estuvo,
	salió al fin sin su galán:
	se oyó un sollozo; un sollozo,
	y después no se oyó más. 

	                III 

	En la falda del Turquino
	la esmeralda del camino
	los incita a descansar;
	el amante campesino
	en la falda del Turquino
	canta bien y sabe amar.
	Guajirilla ruborosa,
	la mejilla tinta en rosa
	bien pudiera denunciar,
	que en la plática sabrosa,
	guajirilla ruborosa,
	callar fue mejor que hablar. 

	            IV 

	Allá en la sombría,
	solemne alameda,
	un ruido que pasa,
	una hoja que rueda,
	parece al malvado
	gigante que alzado
	el brazo le estruja,
	la mano le oprime,
	el cuello le estrecha,
	y el alma le pide,
	y es ruido que pasa
	y es hoja que rueda;
	allá en la sombría,
	callada, vacía,
	solemne alameda... 

	         V 

	- ¡Un beso!
	- ¡Espera!
	Aquel día
	al despedirse se amaron.
	- ¡Un beso!
	- ¡Toma!
	Aquel día
	al despedirse lloraron. 

	                VI 

	La del pañuelo de rosa,
	la de los ojos muy negros,
	no hay negro como tus ojos
	ni rosa cual tu pañuelo. 

	La de promesa vendida,
	la de los ojos tan negros,
	más negros son que tus ojos
	las promesas de tu pecho.
	 

 

Dadas a conocer en el artículo que dedicó Rubén Darío a la muerte de Martí, publicado en La Nación de Buenos Aires el 1 de junio de 1895.