De Noche en la Imprenta

	Hay en la casa del trabajo un ruido
	que me parece un fúnebre silencio.
	Trabajan; hacen libros: - se diría
	que están haciendo para un hombre féretro.
	Es de noche; la luz enrojecida
	alumbra la fatiga del obrero;
	parecen estas luces vacilantes
	las lámparas fugaces de San Telmo,
	y es que esfá muerto el corazón, y entonces
	todo parece solitario y muerto.

	Es la labor de imprenta misteriosa:
	propaganda de espíritus, abiertos
	al Error que nos prueba, y a la Gloria,
	y a todo lo que brinda al alma un cielo,
	cuando el deber con honradez se cumple,
	cuando el amor se reproduce inmenso.

	Es la imprenta la vida, y me parece
	este taller un vasto cementerio.
	Es que el Cadáver se sentó a mi lado,
	y la mano me oprime con sus huesos,
	y me hiela el amor con que amaría
	y hasta el cerebro mismo con que pienso.
	Es que la muerte, de miseria en forma,
	comió a mi mesa y se acostó en mi lecho.

	Hay hombres en torno; pero el alma
	fugitiva del mundo, va tan lejos
	que en esta lucha por asirla al poste
	de mí se escapa y sin el alma quedo.
	Hay luces, y en mí sombras; claridades
	en todo, en mi dolor graves misterios;
	despierto estoy, mas dormiré muy pronto,
	porque al arrullo del dolor me duermo.
	La frente inclino sobre la ancha mesa
	para extinguir la luz, la mano extiendo,
	y la extingo, y la sombra no apercibo
	porque apagada en mí toda luz llevo.

	Duermo de pie: la vida es muchas veces
	esta luz apagada y este sueño.
	Los ojos se me cierran, de la frente
	vencidos al afán y rudo peso.
	Trabaja el impresor haciendo un libro;
	trabajo yo en la vida haciendo un muerto.
	Vivir es comerciar; alienta todo
	por los útiles cambios y el comercio:
	me dan pan, yo doy el alma: si ya he dado
	cuanto tengo que dar ¿por qué no muero?
	Si de mi vida sin pan imagen formo,
	si verla aun puede de mi juicio el resto,
	¿,por qué negarme, oh rey de la tiniebla,
	lo que para soñar tengo derecho?

	Es de noche: la luz enrojecida
	huye y vacila como fatuo fuego:
	cirios de muerte me imagino en torno:
	escucho el misterioso cuchicheo
	que en la alcoba feliz del moribundo
	es el primer sudario del enfermo,
	y todo vaga en redor, en danza
	confusa, extraña, y sordo movimiento.
	Parécenme esas manos que se mueven
	manos que clavan enlutado féretro;
	ésos, los que trabajan comitiva
	ceremoniosa y funeraria veo.
	Y es que en el colmo de la vida asisto,
	vivo cadáver a mi propio entierro.

	Mi corazón deposité en la tumba:
	llevo una herida que me cruza el pecho;
	sangre me brota; quien a mí se acerque
	en los bordes leerá como yo leo:
	"Mordido aquí de la miseria un día
	quedó este vivo desgarrado y muerto,
	porque el diente fatal de la miseria
	lleva en la punta matador veneno".
	Cuando encuentres un vil, para y pregunta
	si la miseria le mordió en el pecho,
	y si el caso es verdad, sigue y perdona:
	culpa no tiene,- ¡le alcanzó el veneno!
	 

José Martí

Publicados en La Opinión Nacional de Caracas, el 20 de diciembre de 1875