Cartas de España

	Nuevas vienen de allá; mano querida
	Llama a mi corazón: recuerdo evoca
	Del tiempo en que hizo sol para mi vida,
	Y palpitan los versos en mi boca.

	Y espacio buscan, y en el aire ponen -
	Buen mensajero a la enemiga playa -
	Pensamientos de amor que la coronen
	Y un beso fiel que hasta sus besos vaya.

	Allá en París, la tierra donde el lodo
	Con las flores habita y el misterio,
	Hay una tumba que lo dice todo
	Con la solemne voz del cementerio.

	Allí llegué: la vida enamorada
	Esparcí con placer por la arquería;
	Mi mano puse en la columna helada
	¡ Y mi mano de vivo era la fría!

	Y es que a la sombra de los arcos graves,
	Y sobre el mármol que coronas pisa,
	Bajo los trozos de extinguidas naves,
	Duerme Abelardo al lado de Eloísa.

	Y recuerda, ¡oh mezquino, a quien arredra
	El perpetuo calor de la arquería,
	Que allí junté mi mano con la piedra,
	¡Y mi mano era allí la única fría!

	Tiene ¡oh mujer! con esta carta fiesta
	Mi corazón sobre tu amor dormido:
	¡Cuánto lloran los solos! ¡Cuánto cuesta
	Mover al pobre huérfano afligido!

	Besos me mandas: pídesme de abrazos
	Porción que pueda sofocar tus males:
	¡Oh, flor perpetua, cariñosos lazos
	De los amores buenos y leales!

	¡Pobre! Tú lloras, y yo aquí - callado
	De manera que al muerto en mí revelo -
	¡Tengo siempre algún beso preparado
	Que dar no puedo y que te mando al cielo!

	¡Pobre! ¡Mi dueño, quejumbrosa mía!
	Piensa que todo con vivir perece,
	Pero que honrado amor, gala del día,
	¡Con cada sol revive y amanece!

	Se aduerme, hasta se acalla, hasta se esconde
	En la sombra que en sí genera el vivo:
	Tú palpitas en mí, yo no sé dónde,
	Pero sé que yo estoy de ti cautivo.

	Oye: me angustio; de dolor me duermo
	A una luz miserable en cama dura,
	Y soy ¡oh mi alma! un infeliz enfermo
	De extraños males que no tienen cura.

	Y así dormido, cuando el rudo exceso
	De la carnal labor mi cuerpo rinde,
	Dicen que han visto palpitar el beso
	Que es fuerza, ya sin ti, que al cielo brinde.

	Y es que en la tierra, la mujer amada
	Copia es y anuncio del celeste anhelo,
	Y cuando de ella el alma está alejada,
	El alma sólo puede alzarse al cielo.

	Mi pobre, mi muy bella: todavía
	Nuestra pálida luz no se consume.
	Y esperamos llorando un mismo día,
	Y aquella pobre flor tiene perfume.

	Todavía ¡oh mi bella! el pensamiento
	Que sembramos en hora de dolores,
	El cierzo vence, abate al rudo viento:
	¡Todavía el rosal tiene dos flores!

	Y ¡cómo es fácil al doliente triste
	La vida por amor! Hoy era un día
	Amargo de viudez, en que se viste
	De luto el sol, y el alma está vacía.

	Hoy hizo noche: si para otros hubo
	Un sol caliente que mi mal no ha visto,
	Yo sólo sé que acá en mi sombra estuvo
	Algún dolor diciéndome que existo.

	Día de vigor de la fatal cadena,
	Hoy fue más grande el solitario abismo;
	Hoy cavó más mi corazón la pena;
	Hoy sentí más el peso de mí mismo.

	Llegó la noche, y cuando un rayo blando
	Alumbró mi dolor con luz de luna,
	Supe que aún vives mi memoria amando:
	¡Oh, tenue luz, imagen de fortuna!

	Y de repente, con vigor que llamo
	Resurrección, en súbitos placeres
	Se enciende el sol, recuerdo que te amo,
	Y siento en mí la vida de dos seres.

	¡Y es que a la sombra de los arcos graves
	Y sobre el mármol que coronas pisa,
	Bajo los trozos de extinguidas naves,
	Duerme Abelardo al lado de Eloísa!
	 

José Martí

Revista Universal, México, 17 de octubre de 1875.